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  • Mayra F. Cabrera Pech

Hanal Pixan: alimento de las ánimas

El Hanal pixán es una celebración para honrar a los difuntos con ofrendas de comida y bebida, una ceremonia para tener siempre presente a nuestros ancestros, nuestros padres y abuelos que nos enseñaron esta tradición.

Los orígenes del hanal pixan se remontan a las creencias de los antiguos mayas, de tal forma que, para ellos el tiempo eran ciclos que imitaban el movimiento del sol y la luna, y que fluían en la tierra, un plano rectangular con trece cielos hacia arriba, nueve mundos inferiores hacia abajo y una ceiba sagrada en el centro que los unía. Los cielos superiores eran las ramas más frondosas de la ceiba dónde se gozaba de frescura y descanso eterno. Las raíces llevaban a los mundos inferiores.

Ceiba. Árbol sagrado de los mayas.

En la cosmovisión maya, el pixán es el alma del hombre, un regalo que los dioses le entregaron al ser engendrado y que viaja al Inframundo cuando sobreviene de la muerte física. Se cree que entre el mundo de los vivos y de los muertos hay caminos como serpientes por dónde transitan las ánimas, hasta su lugar de reposo, y por dónde regresan para volver a nacer en el vientre de las mujeres embarazadas para contribuir al encuentro de las almas con la madre tierra.

Los mayas ponían altares cuya mesa simbolizaba el plano rectangular, la tierra. Los soportes, cuatro horquetas, representaban a los dioses de los cuatro rumbos del mundo. Estaba el incienso, agua, sal, fuego, miel, maíz, cacao, báalche’ y piedras preciosas como ofrendas benditas. Con la llegada de los españoles se prohibió la religión y veneración de los dioses, pero los rituales permanecieron a escondidas en las cuevas en las milpas.

El mestizaje transformó las creencias mayas, viendo a la muerte como la certeza de una vida en el más allá de los católicos. La visión de los mayas sobre los trece cielos y los nueves mundos inferiores se redujeron a dos: la gloria y el infierno.

Se dice que todas las almas de los difuntos, exceptuando a las que se condenaban en el infierno, regresaban a la tierra una vez al año con espacio de ocho días para estar con familiares y amigos. Esta creencia dio origen a la celebración del día de fieles difuntos para agasajar con comidas y plegarias a las almas. El primer día se recuerda a los niños, el segundo a los adultos.

Altar maya

En cada casa se improvisaba un altar en el que se ponía una cruz verde simbolizando la ceiba sagrada, cuatro jícaras de atole nuevo, una en cada esquina del altar en representación de los cuatro puntos cardinales, los rumbos del mundo. Un quinto punto en el centro era la ceiba, así también se le ponían siete montones de trece tortillas recordando los numerales del calendario sagrado y veintidós ofrendas de comida y dulces en honor a los trece dioses del cielo maya y los nueve del inframundo. En algunas comunidades se ponen velas en las albarradas para alumbrar el camino de las animas y evitar que sean perturbadas por los demonios, se cree que en la víspera cae una llovizna ligera como señal de que los muertos lavan sus ropas para venir a la tierra. También se cree que los cazadores no deben ir a cazar porque pueden dispararle el alma de algún tirador difundo y las tejedoras no trabajan para no cocer la piel de algún muerto. A los niños recién nacidos se les anudan hilos de color negro en las muñecas para protegerlos de los malos espíritus. Las almas llegan en la madrugada y a las de los niños se les encienden una vela en sus tumbas para que puedan ver bien su camino.

Las tumbas de los adultos se limpian y se adornan con flores. Al finalizar su estancia en la tierra las animas son despedidas con una nueva ofrenda de manjares, a los siete días de los niños y a los ocho días la de los adultos.


Referencia

Buenfil, V., Ramayo, T., & Rodríguez, J. C. (1999). Hanal Pixan, alimento de las ánimas. Instituto de Cultura de Yucatán. https://www.mayas.uady.mx/articulos/pixan.html

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